Presunción

Sí, me muestro frío y distante,
silencioso, apagado, turbio,
duro, punzante y algo sucio,
no, no es porque mi herida sangre,

sino por la acogedora vacilación
de la noche, amante sinuosa y vereda
cenicienta de los deseos gastados,

con cuyo preciso veneno
reclama por propio derecho
clavar una daga infectada
en un cuerpo que ya no sangra.

Saguzarra

Correspondencia

Escribí un poema de amor,
doblé el papel y lo guardé.
Llegó a su destino años después
─como una patada en el estómago ─
perdido en el fondo de un cajón.

Estoy tentado de contestarlo,
ya mismo, con un sí o con un no.
Desecho la idea de inmediato
─tendido en la mesa de quirófano ─
afortunadamente para ambos.

Saguzarra

La poesía no es de quien la escribe sino de quien la necesita, dijo Lucas Trapaza

Qué poco me convence la palabra enfática que se pavonea, oronda, y dice de sí misma: soy poesía…

No somos poetas. Se trata más de un estar que de un ser… Somos, si acaso, presuntos poetas, posibles poetas, poetas ayer que no desesperan de serlo mañana. Uno está en la poesía, y no de forma constante, sino en raros y luminosos momentos ─a veces ese estado de gracia incluso se prolonga durante días. Pero en todo caso uno está poeta, más que serlo.

Jorge Riechmann

Pequeño cuento intransigente

Como no sabe qué decir por la emoción que le embarga, siempre que escribe cartas a sus nuevas amistades, sobre todo si son mujeres, suele preguntar cosas atrevidas y extrañas tipo ¿qué es la amistad? Al principio siempre le contestan de una forma amable o divertida o meticulosa o desenfadada o sincera o superficial o erudita. Como esas respuestas siempre le parecen acertadas o interesantes o sorprendentes o ingenuas o ininteligibles o expertas, sus cartas siguientes insisten en ahondar la cuestión. Sin embargo las nuevas respuestas que recibe suelen ser menos entusiastas y cada vez más escuetas, hasta que indefectiblemente, sobre todo si son mujeres, dejan de contestar a sus cartas. Aunque, como es obvio y disculpable, lo que él quería decir era otra cosa.

Saguzarra

La verdad entendida como desplazamiento

[...] yo creo que sólo la verdad ─una verdad que nace en la experiencia de lucha y del compartir─ puede sacarnos de la crisis de sentido e incidir sobre la realidad. La verdad entendida como desplazamiento o interrupción del sentido común y de la realidad obvia. [...] Si en lugar de autoestima hablamos de dignidad abandonamos el ámbito de los libros de autoayuda ─que en el fondo siempre plantean un pacto cobarde con la vida─ por una posición desafiante; si en lugar de participación hablamos de implicación, abandonamos una problemática interna al poder por una posición crítica respecto del poder, etc. La verdad es el desplazamiento. Más exactamente, la verdad se produce en el momento del desplazamiento.

Santiago López Petit

El cascabel

El otro día, contribuyendo al reciclaje, llevé unas botellas al contenedor pertinente y me topé con una pegatina sindical que aún resistía al embate climático (escribo en una ciudad en la que si algo ocurre suele ser bajo mojado). La alegoría de unos ratones encorbatados haciendo las veces de empresarios déspotas se dilucilaba en el eslogan: «El queso lo pones tú». No siempre he sido un quiróptero; para poder volar en la oscuridad con las manos he precisado aprender a escribir. Mucho antes de esto, fui un niño algo debilucho que gustaba de escuchar cuentos en las muchas jornadas de enfermedad que pasaba postrado en la cama. Uno de ellos, la fábula de Samaniego titulada «El congreso de los ratones», siempre me intrigó. Nunca me quedé satisfecho con aquella moraleja que pretendía finiquitar la más razonablemente estimulante cuestión ante la problemática gatuna que generaba la escasez de queso. Puede que del dicho al hecho no haya gran trecho, pero como los vecinos de mis vecinos son mis vecinos no voy a dejar de interesarme por cuántas y cuáles, ricas y variadas, son las posibles respuestas o soluciones al enigma.
¿Quién le pone el cascabel al gato? En «Las condiciones posmodernas de la política» (Iralka, nº 13, 1999), Rigoberto Lanz planteaba que actualmente «los nuevos impulsos gregarios son vividos como apuesta personal, como puesta en escena de la multiplicidad de capacidades, como tejido abierto de interacciones inteligentes, como rebasamiento de toda localización física de las prácticas sociales, como creciente virtualización del imaginario colectivo». Ante las contradicciones que este baile genera, pues vivimos más solos que libres, estamos atacados de los nervios, interiorizando problemáticas que no son tan íntimas como nos hacen creer. Como dice Abd-al-Fausabi (seudónimo literario de Manuel Muner) en «El escalofrío del pánico»: «Desde la explicación freudiana del origen de la cultura somos conscientes de que la imposición del principio de realidad se materializa en un sistema de instituciones conformadoras de la ley y el orden, del sujeto y su racionalidad, desposeyéndonos del control de los deseos y "valores" que lo rigen. Así las categorías psicológicas no son sino categorías políticas, cada problema psicológico no es sino un problema político, cada desorden privado no es sino síntoma del desorden de la totalidad». Pero los adalides de la triunfante iglesia del liberalismo, que no se chupan el dedo, hacen su agosto particular vendiendo mercaderías éticas de autovaloración calmante, esa vaina replicante de la inteligencia emocional, para que los que no somos amos (ni queremos ni falta que nos hace) traguemos con las ruedas de molino con que nos muele el capitalismo. Y así es como el panfleto de Spencer Johnson «¿Quién se ha llevado mi queso» [una fábula cuya cínica moraleja es la «carrera de ratas sin estética ni moral» (Francisco J. Satué), el «mañana, cadáveres, gozaréis» (Pierre Legendre), o «el mundo es un autobús: todo el mundo va a lo suyo y nadie sabe a qué va» (La Polla Records)] se ha convertido en un best seller echando hostias, a pesar de que aboga por el sometimiento fáctico y el acatamiento al dictado de lo que hay sin otro leitmotiv que la adaptación, sin que quepa entre sus páginas ni el más mínimo suspiro de conspiración revolucionaria que abogue por otro estado de mundo.
«El universo de lo simbólico es algo a lo que deberíamos demostrar más interés, un frente en el que está todo por descubrir», dice Kois (en Ekintza Zuzena, nº 28, 2001, véase este enlace), y añade: «la salida no es simplificar el mundo (come queso, calla y muere), sino complejizarlo, problematizarlo (resistirnos, buscar soluciones)». Entonces ¿qué?, ¿te animas a pensar cómo?, ¿le ponemos el cascabel al gato?

Saguzarra
(Artículo publicado en la revista Kastelló, nº 92, verano de 2006.)

Una pequeña fábula

─¡Ay! ─dijo el ratón─. El mundo se hace cada día más pequeño. Al principio era tan grande que le tenía miedo. Corría y corría y por cierto que me alegraba ver esos muros, a diestra y siniestra, en la distancia. Pero esas paredes se estrechan tan rápido que me encuentro en el último cuarto y ahí en el rincón está la trampa sobre la cual debo pasar.
─Todo lo que debes hacer es cambiar de rumbo ─dijo el gato... y se lo comió.

Franz Kafka

La lengua de la intimidad

Lo que las palabras quieren decir (la intimidad, las inclinaciones inconfesables), eso no pueden decirlo, y por eso siempre detectamos en ellas un defecto, una carencia que hace que nos falten las palabras para decir lo que queremos decir. Eso que falta a las palabras en su dimensión pública es, también, lo que en la intimidad les sobra: su sentido, el modo en que son sentidas; yo, que las digo, lo sé (lo saboreo), pero no puedo decirlo, y por eso el otro nota que en mis palabras falta significado y yo mismo las encuentro insignificantes al oírmelas decir (como cuando, por ejemplo, para manifestar a otro pesar por alguna desgracia que le haya acaecido, no puedo sino decir algo tan trivial e insulso como «Lo siento», que es como no decir nada, mientras que a un íntimo no tengo necesidad de decirle nada ─sobran las palabras─ para que él sepa lo que siento).

José Luis Pardo

Caperucita sin miedo

Había una vez un hada muy bonita que vivía cerca del bosque. Se había comprado una capa roja para resguardarse del frío, aunque le gustaba tanto y se veía tan linda con ella que incluso se la ponía en casa sin nada más debajo solamente para mirarse en el espejo. La muchachita la llevaba tan a menudo que todo el mundo le llamaba Caperucita Roja.
Caperucita era tan dulce y despreocupada como golosa. Un día le entró el capricho de comerse unos pasteles riquísimos que una amiga suya hacía en una pastelería al otro lado del bosque y, aunque las malas lenguas decían que cruzar el bosque era muy peligroso, ya que siempre andaba acechando por allí el lobo, decidió salir sin pensárselo dos veces. Agarró su capa roja, cogió una cesta para llenarla de pasteles y se puso en camino.
El hada tenía que atravesar el bosque para llegar a la pastelería, pero no le daba miedo porque allí siempre se encontraba con muchos amigos: los pájaros, las ardillas... Le gustaba adentrarse en el bosque y distraerse haciendo algún dibujo o simplemente recogiendo las manzanas maduras que viera en algún árbol.
Caminaba alegre Caperucita, cantando como un angelito del cielo, cuando de pronto vio al lobo delante de ella.
─¿A dónde va un hada tan hermosa? ─le preguntó el lobo con su voz ronca.
─A la pastelería que hay al otro lado del bosque. ¿A ti te gustan los dulces? A mí me encantan.
El lobo asintió sin decir nada. Caperucita puso su cesta de mimbre en la hierba y se entretuvo cogiendo flores, mientras ambos se observaban de reojo.
─La pastelera es amiga mía y sé que se pondrá muy contenta cuando le lleve un hermoso ramo de flores ─explicó Caperucita─. ¿Tú quieres ser mi amigo?
─Te amo ─pensó el lobo para sí, dándose media vuelta, avergonzado.
─El lobo se ha ido ─pensó a su vez Caperucita─, qué pena, no me ha dado tiempo a hablar con él.
Pero Caperucita siguió demorándose en el bosque, pues vio unas jugosas manzanas en un árbol y quiso recogerlas también.
─Con esta fruta tan dulce seguro que mi amiga hace un pastel de manzana para chuparse los dedos.
Mientras tanto, el lobo se fue a la pastelería, llamó suavemente a la puerta y la pastelera le abrió pensando que era su amiga. El lobo le contó que había conocido a Caperucita en el bosque y que le había dejado tan impresionado que no había sido capaz de hablarle. A la pastelera se le ocurrió que el lobo podría darle una sorpresa a su amiga. Así que le convenció para que se pusiera un camisón azul que ella a veces usaba para dormir y vestido de esa forma el lobo se metió en la cama y cerró los ojos.
No tuvo que esperar mucho, pues Caperucita llegó enseguida, toda contenta. Al ver que su amiga no estaba en la pastelería, pensó que estaría enferma; así que subió al piso de arriba donde tenía el dormitorio, se acercó a la cama y vio que su amiga estaba muy cambiada.
─Te he traído flores; pero... ¡Qué ojos tan brillantes tienes!
─Son para verte mejor ─dijo el lobo con una voz tenue, algo aturdido al comprobar que Caperucita apenas cubría su cuerpo desnudo con aquella famosa capa.
─También te traje manzanas; pero... ¡Qué manos más grandes tienes!
─Son para coger mejor esas manzanas ─siguió diciendo el lobo, mucho más confiado ante la amplia sonrisa que le dedicó su amada.
─Esas no son las manzanas, esos son mis pechos. ¿Te gustan, lobito? Ah, no me engañaste, tú eres el lobo que vive en el bosque; pero... ¡Qué bulto más grande tienes bajo las sábanas! ─suspiró feliz Caperucita.
─¡Es para follarte mejoooor! ─y, diciendo esto, el lobo enamorado se abalanzó sobre su hada y ambos comenzaron a reír. Luego hicieron el amor durante toda la noche, hasta que se quedaron dormidos. Y cuando despertaron, a la mañana siguiente, siguieron besándose y acariciándose con mucha ternura, y diciéndose cuentos bonitos como éste, sin dejar de amarse. Y fueron felices, aunque no les gustara comer perdices.

Saguzarra

Arpegios de volcán

El ímpetu del cuerpo
la ropa en el diván
el brillo en las siluetas
las noches de tormenta
la vida en un suspiro
la muerte en un "no sé"
estriba el recorrido
entre la suerte y el azar
desorden de sentidos
arpegio de un volcán
sostiene con sus dedos
lo que queda de uno mismo
cuando deja de ser menos
en el cómputo de uno más.

Saguzarra

Salud y normalidad en el espejo social

La parálisis facial es uno de los cuadros clínicos más incapacitantes para el paciente que la padece, con consecuencias sociales y psicológicas en ocasiones devastadoras. Según los especialistas en este campo, el grado de incomodidad que la población general siente ante una persona con parálisis facial es solamente comparable al que siente con una persona con una enfermedad psiquiátrica, y mucho mayor que el reflejado ante una persona con retraso mental, senil, sorda, ciega o en silla de ruedas.
 
La cita anterior, extraída a modo de divulgación científica por una agencia de información "seria", me ha recordado un proverbio húngaro («Aquel cuya sonrisa le embellece es bueno; aquel cuya sonrisa le desfigura es malo») que sin lugar a dudas es excelente para adornar los lugares comunes de cualquier libro de autoayuda, pero con el que, como es obvio, no puedo más que disentir. No descubro nada nuevo al decir que la autoestima como concepto es una construcción ideológica que tiene que ver más con el rango de comparación social, dentro de un universo de relaciones mediatizadas por la norma social en esta sociedad del espectáculo, que con la autopercepción y apuesta por los deseos, necesidades vitales y sentimientos individuales de quien ejerce esa "ética del self". Pero saberlo no hace que deje de indignarme cada vez que me topo con apólogos del criterio apisonador de la opinión general, sobre todo si se muestran con el disfraz más o menos aséptico de la objetividad científica. Una opinión general, por lo demás, llena de prejuicios, la mayor parte de ellos profundamente inducidos, precisamente, por la mediatización normativa y espectacular que mencionaba anteriormente.
Así pues, afirmar que determinado cuadro clínico es incapacitante por las consecuencias sociales y psicológicas que conlleva, para concluir a renglón seguido que la población general percibe con gran incomodidad a las personas afectadas por esta enfermedad, deja muy claro el sistema de valores que rige en toda esta aseveración. Según esto, y que podríamos ampliar al espectro de cualquier enfermedad, como el propio artículo citado sugiere, la cuestión a la hora de abordar la salud del paciente no es tanto que el enfermo consiga un bienestar tal que impida el lastre añadido de determinadas incapacidades psicológicas y sociales; sino que la población general no se vea afectada por la disfunción que el enfermo supone en el seno de la sociedad normalizada, haciendo abstracción del concepto de sociedad y llevándolo al terreno sumamente capcioso de lo ideal y que tiene su correlato en las historias del "buen vivir" que la publicidad se encarga de inculcar en las masas de individuos con su masaje persistente en la sociedad del espectáculo. Un "mundo feliz" que, con su concepción idealizada y dogmática de la normalidad, abunda significativamente en los efectos perniciosos, tanto a nivel social como psicológico, de las personas que sufren.

Saguzarra
(Publicado en eldiario.es, 2 de marzo de 2013.)

Con el izquierdo

Descontrol, buen final
Descontrol, vaya decepción
Me levanto con el izquierdo y venga toser
Hoy no es ese día que sale bien
Sé que llegó sin vacilar la hora de correr
No sé que dijiste pero tengo miedo, lo estoy intentando, no lo recuerdo
Ridículo animal dando palos de ciego, otra vez arrancaré desde cero

Esa manera de hablar, ver las cosas sin mirar, despista
Los aplausos de ayer se han convertido en resaca hoy
Creí empezar a saber andar hace tiempo
Ahora comprendo porqué esa cruel expresión en tu mirada

Enrique Villarreal Armendáriz, El Drogas

Voyeur

El ojo de la cerradura te mira, trazas de penumbra, siluetas, anhelas, deliras, espejo que alberga entes oníricos, destellos, sombras infrahumanas y bellas, sucumbes, segregas, guarece resquicios de suspiro sucio, del inminente deseo desafío anuncio, permanente subrayado y suave través que no repara en los objetos, me ves, vigilas,

redactas, obligas, tu ojo abierto se pega al orificio penetrándolo por tu mirada espía, el calor, el sudor, la cama revuelta, el horizonte erguido, rendido a tu contemplar, lucho conmigo, me exhibo, la ofrenda a puerta cerrada, abrir y saltar, lamer y gritar, gemir y morder, acechas con la intensidad de una pantera, escondida y hambrienta,

naturaleza desnuda, anatomía dinámica, mirada de nocheparda felina, meticulosa, las formas inmóviles estorban, con un breve tintineo flotan dóciles, restallan, el umbral se desvanece en contradicción insomne, jadeas, tiemblas, tu cuerpo anida terribles recuerdos, elegantes garzas y trágicos cuervos, ríes, lloras, palpitas, brotas,

flores marchitas arden de nuevo, cadenas ajadas descuelgan del cuello, paredes oscuras silencian mis manos, se agrieta el suelo y nos abandonamos, tu boca suplica golosa, susurro tu nombre secreto, aflojas los párpados de tus piernas, aprietas sus pétalos, desbordas, fluyen blandas, saladas y trémulas, suaves, calientes y húmedas.

Saguzarra

Recuerdos

Recuerdos que se van perdiendo a manos llenas con un gran desconsuelo a medida que el tiempo deja caer sus dedos en las caricias de mi pensamiento. Recuerdos que me abrazan, que me arrastran tras de ellos.

Saguzarra

Testimonio

«Cada cual es como es»
se retuerce la anguila en las arterias

si esto fuera así
¿no emplearíamos tantos clavos ardientes
en apuntalar las pronombres
que dejaríamos de agarrarnos a criterios
crucificados
y obligaríamos a las palabras
a que nos obedecieran encarnizadamente?

pero no es peor mentir
con la anguila escurriéndose de las manos
para que cada cual pueda ser

como te iba diciendo.

Saguzarra

Amor 77

Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfu- man, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.

Julio Cortázar

Al amanecer seguir soñando

Algunas madrugadas aguardo al sueño para que me alivie del lógico sinsentido y de- senrede mi alma. Hay monstruos a los que sólo he vencido entregándome a ellos.

Itziar Ziga

Distancia

Reducirlo a la mínima expresión, a un breve poema, a una sola palabra, a un temblor
de labios, a un fonema o dos, a un musitado adiós.

Simplificarlo al máximo; que no quepa en hueco alguno, que no quede constancia,
que su eco se pierda en el espacio. Ingrávido y despacio.

Reducir su volumen a mero murmullo; como una piedra insignificante en medio del
paisaje. Sustrato inconsistente de un silencioso musgo.

Saguzarra

El aliento del diablo

EL USO DEL MICROSCURO EN UN CRIMEN SUBJETIVO.

Escuchad con atención, antes de que comience mi relato, este pequeño cuento cínico que nos recuerda Ramón de Campoamor. Érase una vez, estando Alejandro Magno de visita al maestro Diógenes, que conversaron ambos de la siguiente manera: ─Vengo a hacerte más honrada tu vida de caracol. Di: ¿qué me pides? ─¿Yo?, nada; que no me quites el sol.

Los días acaecieron como pedradas a traición en el campanario de la vieja y desven- cijada iglesia, donde muchachuelos y muchachuelas juegan a olvidar y sueñan con eternas primaveras.
La cosecha se diezmó por el inesperado granizo, y quien más y quien menos se tuvieron que conformar con la miserable paga del desescombro de la autovía estatal. Tarea que no gustaba, entre otras razones, porque años atrás varios agricultores habían dejado sus vidas bajo aquellos inevitables peñascos. Sin embargo, aún habrían de ocurrir más hechos luctuosos.
El tabernero del pueblo limpiaba los vasos envejecidos por el uso, con un sucio y raído trapo de cocina. El forastero le miraba fijamente aunque sin prestarle apenas atención, más atento en el aseo de sus botas embarradas que restregaba con las cortinas de la ventana que daba al patio del antiguo caserón. Afuera, la lluvia de piedras decoloraba un paisaje que ya de por sí carecía de expresión.
El intruso se apoyó pesadamente en la barra. Atrás quedaban las ásperas cortinas de lona con el grueso del barro de sus botas, mientras que éstas seguían sucias y ahora, además, se adivinaban gastadas. (Por la ventana, sobre el dibujo difuminado del conjunto y aguantando los envites del pedrizo, se vislumbraba a través del cristal arañado la forma borrosa, casi inapreciable, de un furgón.) Un fétido aliento salió de su boca la pedir.
─Un vino, tú ─espetó abruptamente.
─Tendrás que esperarte.
El viejo siempre se tomaba las cosas con calma; eran ya muchos los años cuidándose de llenar todos los minutos, todas las horas, desde que bajaba a la mañana hasta que cerraba, día tras día, con el poco trabajo que le suponía aquella taberna heredada de sus suegros cuando se casó con Matilde, ¡esa chiquita! Un vino no precisaba gran esfuerzo: tenía un vaso en las manos y una botella de vidrio verde a un palmo bajo el mostrador. Lo podía servir en cualquier momento, así que mejor tomárselo con filosofía. Escupió divertido dentro del vaso que limpiaba al recapacitar que el tipejo aquel no había solicitado un vino tinto precisamente. Le miró de reojo al soltar sobre la barra el vaso que manipulaba toscamente.
─Te pongo un tinto.
No consultaba, le advertía. Tenía a mano aquella botella semivacía y le parecía pertinente que se acabase ya, así que, finalmente, se dispuso a servir.
La navaja seccionó limpiamente la yugular del anciano y por un instante pareció que la herida mortal no iba a sangrar. Su cabeza golpeó el mostrador al desplomarse el cuerpo inerte y, mientras el pobre hombre inundaba de sangre el suelo fregado a la mañana por Matilde, la perrucha me está mirando desconsolada suplicándome con un sordo gemido que deje de escribir mi relato y la saque a pasear. El funcionario vomitó asqueado.
─Lo quiero de la Ribera del Duero, so cabrón.

Saguzarra  
(Cuento publicado en Gaztegin, suplemento del diario Egin, 16 de enero de 1998; y en Kastelló, nº 66, junio de 1998.)